Opinión

No pasarán!

Esta vieja consigna de los republicanos españoles, parece estar poniéndose a la orden del día actualmente. Fue un grito de guerra frente al fascismo, pronunciado por pueblos enteros; políticos de diferentes posiciones que iban desde la izquierda hasta incluso sectores de centroderecha que no dudaron un instante acerca de la amenaza que representaba para la humanidad.

Movimientos de masas como el sindicalismo en todo el mundo y el movimiento juvenil también, fueron importantes referentes en la lucha contra el fascismo. El movimiento feminista en sus orígenes tiene una impronta antifascista que proviene del corazón mismo de su demanda por igualdad.

La intelectualidad y los artistas también ocuparon un lugar importante en las filas antifascistas en el siglo XX. Neruda y César Vallejo, autor de «España aparta de mi este Cáliz»; Frida Khalo, Gabriela Mistral, Violeta Parra y Laura Rodig, impulsora de la educación artística en toda América. Pablo Picasso, André Malraux  y el filósofo inglés Bertrand Russell son sólo algunos nombres de artistas y escritores que hicieron una obra comprometida con la humanidad en peligro por la amenaza fascista.

A casi medio siglo de la guerra de Vietnam; poco más de treinta del fin de las dictaduras militares en América Latina y casi cien de Hitler, Mussolini y Franco, el antifascismo parece cosa del pasado, aunque sus sombras se extienden nuevamente sobre Europa y América.

Este aparente desajuste entre la actualidad y el pensamiento es producto de la naturalización de las bases del sistema de dominación vigente. En efecto, su transformación en puros «hechos», o lo que es lo mismo, la cosificación de unas relaciones sociales fundadas en la explotación y la violencia, ha tenido como resultado la indiferencia frente al fascismo como cosa del pasado.

Esta abdicación del pensamiento frente a la realidad en todo caso no es nueva. Es una actitud que ha acompañado permanentemente al conservadurismo y la autocomplacencia de la clase media que postula la realidad como «el mejor de los mundos posibles», hasta que le empieza a apretar el zapato.

El fascismo nunca ha dejado de ser actual.

Lamentablemente sin embargo, la «detención del pensar» manifestada en un periodismo liviano que no se toma la molestia siquiera de verificar sus  fuentes ni los contenidos que difunde, borrando los límites entre la verdad y la falsedad; una academia indiferente a lo que pasa en la realidad política y social; un sistema escolar que se ha convertido en una verdadera moledora de carne que corre detrás de los resultados de las pruebas y no del aprendizaje -todas características de la cultura neoliberal- terminaron por naturalizarlo y hacer del pensamiento tanto en su forma pseudoracional como estética, una especie de comentario o en la peor de sus versiones, en un panegírico de la realidad.

Los discursos de odio, gozan de amplia tribuna en los medios de comunicación; la reivindicación del genocidio o a lo menos, su interpretación se ha tolerado de modo grotesco, hasta trasformar al fascismo en una posibilidad más de las que está constituida esa realidad transformada en un conjunto de «hechos» posibles.

La indiferencia o en sus versiones librepensadoras, la tolerancia con él, es el resultado de esta cultura de la afirmación. Se manifiesta de modo alarmante en los medios de comunicación de masas que legitiman a delincuentes, sátrapas y abusadores de diversas especies. Personajes que han sido aceptados y reconocidos como interlocutores de un presunto diálogo y parte de un consenso en que todo es posible, excepto la transformación convirtiéndose así en un ritual vacío, pura cháchara, cuya finalidad no es más que la afirmación de lo existente.

Lo que en el pasado facilitó el triunfo del fascismo, hoy en día dificulta la conformación de una identidad, una propuesta y finalmente, una formación política, como lo fueron en el pasado los Frentes Populares. El olvido de sus raíces en la misma conformación de lo real; en la naturalización de sus peores manifestaciones, como la discriminación, el afán de lucro desatado; la explotación elevada a la categoría de virtud; la obsesión por el crecimiento económico aún a costa del bienestar de las comunidades y la conservación del medioambiente; las discriminaciones de diverso signo pero especialmente simbólicas, han terminado por borrar la frontera entre éste y el resto de una sociedad amenazada por su violencia.

Al fascismo no se lo puede naturalizar; al fascismo no se le puede tolerar ni dialogar con él. Naturalizarlo es pavimentarle el camino al poder. Sólo oponer una respuesta política y de masas, sin medias tintas. El fascismo avanza en todo el mundo, como la expresión de un sistema agonizante que prefiere arrastrar a la humanidad hasta el abismo antes que reconocer el fracaso de sus recetas basadas en la apropiación privada del producto del trabajo y la creatividad del ser humano; la mercantilización de todo lo real y la competencia como motor de la sociedad.

Es el momento de decir de nuevo «¡No pasarán!» porque dentro de poco quizá vaya a ser demasiado tarde.

 

Por Hernán González 

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