Opinión

La reacción en el siglo XXI. Por Hernán González

A una semana del plebiscito de salida en que la Constitución de Pinochet va a pasar al olvido, no solamente las noticias falsas se han tomado la agenda. También la agresividad y la chapucería de la derecha. El mote «reaccionario» se aplica, pues, con toda propiedad a la campaña del rechazo, por más que traten de aparentar y prometer que van a cambiarla. Se opusieron a hacerlo durante treinta años luego de imponerla mediante la violencia, difícilmente lo harán ahora.

El video grabado en un teléfono móvil de partidarios del rechazo arriba de caballos y carretas, con traje de huaso y blandiendo fustas, como en la antigua práctica de los latifundistas conocida como «palomear rotos», es suficientemente elocuente y representativa de lo que está en juego. Por un lado una anacrónica visión de la sociedad -una especie de «veltanchaun» decimonónica y freak- y una apertura al futuro y los desafíos de la democracia, el medioambiente, la igualdad y el desarrollo.

No es primera vez en la historia que el país vive una disyuntiva como ésta. Lamentablemente, experiencias de desarrollo frustrado por la mediocridad de las clases dominantes criollas en circunstancias similares, sobran. Y cuando el pueblo tuvo la iniciativa y la dirección del gobierno, para implementar un programa nacional de desarrollo democrático, al servicio de las grandes mayorías, este fue detenido por medio de un golpe de estado, instigado por la burguesía, el imperialismo y la misma derecha que hoy promete realizar cambios.

La derecha chilena es esencialmente reaccionaria.  Añora un pasado supuestamente mejor y originario del campo -que para la derecha es lo mismo que el latifundio-; inspirado en valores católicos que no dan cuenta ya de la sociedad real si es que alguna vez lo hicieron; que considera a la desigualdad como una realidad inmutable y necesaria y que se hizo por esa razón de una justificación pseudocientífica que la considera consustancial a la realidad y fundamento de su concepción de la economía, la política y el Estado.

La violencia es un componente esencial del repertorio de la derecha. Históricamente lo ha sido. Violencia simbólica que durante siglos negó la existencia de pueblos y naciones indígenas a las que trató de asimilar, excluyéndolas al mismo tiempo, con la cruz y la espada primero,  la estafa y el paternalismo después. Que consideró a la diversidad de género y las disidencias sexuales,  «enfermedades» y «desviaciones» que era necesario corregir; y al pueblo trabajador y la clase obrera como mera mano de obra, un insumo más de la producción.

También violencia verbal y ordinariez para tratar al pueblo, a las mujeres, los trabajadores, los y las jóvenes, un sentido del humor chabacano y con poca imaginación que demuestra solamente su incapacidad de entender y evolucionar hacia nuevas realidades y que se funda en su asimilación al morbo. El efecto que produce ese sentido del humor, sin embargo, no es la risa sino una imagen grotesca y desagradable. La reacción simplemente se niega a aceptar que sus concepciones no dan cuenta de la realidad y que son pura ideología.

No es de extrañar entonces que el lado más reaccionario y violento de la derecha aparezca a pocos días del plebiscito de salida considerando que lo que se define en él es el futuro o la vuelta atrás; la apertura a la igualdad o la mantención de los privilegios; al desarrollo armónico con el medio ambiente o el extractivismo más facilón; la inclusión de la diferencia o una abstracta noción de Chile, chilenos y chilenas, sostenida en valores decimonónicos, ni siquiera del siglo XX.

Por esa razón la derecha va a perder. Y los sectores de centro -vestigios del liberalismo y el conservadurismo católico que eran componentes de la Concertación- se inclinarán en el futuro hacia ese sector.

Algo completamente nuevo está naciendo en Chile y después del 4 de septiembre el proceso se va a acelerar vertiginosamente. Por esa razón, la reacción adquiere una fisonomía tan evidente y actúa como una fuerza centrífuga de todo lo que está a punto de fenecer pero que se resiste a hacerlo. No hay que confundir este fenómeno superficial con las tendencias profundas que provienen desde el interior mismo de la sociedad, de los anhelos de cambio de los pueblos de Chile y las necesidades de desarrollo, justicia, igualdad y auténtica autonomía que pujan por construir un nuevo Chile.

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