Columnas

La izquierda y el nuevo Chile que está por nacer

Es un hecho indesmentible que la Constitución de Pinochet está agonizando. Los llamados desesperados de la derecha a respetar el art. 133 en lo que dice relación con los quórums para dirimir todas las materias de la Convención Constitucional, solamente dan cuenta de su desesperación.

El argumento es esencialmente positivista. Se trataría de una ley existente. Y como todo lo que emana de esta concepción positivista, es el óbice de cualquier entendimiento racional. Son los puros hechos lo que se impone sin que haya ninguna deliberación de por medio. Algo parecido a las cansonas prédicas de los economistas neoliberales.

Por cierto, no han faltado quienes han caído en pánico o han  pisado el palito, advirtiendo acerca del fracaso de la Convención  Constitucional. Con el correr del tiempo, sin embargo, estas demostraciones de un pánico típico de la pequeñaburguesía, han ido dando paso a una consideración más realista y objetiva de las cosas.

La Convención avanza a paso firme en la determinación de su Reglamento de funcionamiento, sometiéndose a las normas que a sí misma se ha dado estableciendo su carácter de expresión del poder constituyente originario, lo que la derecha a través de sus voceros e ideólogos más bizarros ha debido aceptar con una mueca de desprecio que apenas disimula su molestia, mezcla de resignación y clasismo.

En efecto, lo único realmente incuestionable, es que la Constitución de Lagos-Pinochet tiene sus días contados. Y tal como han planteado numerosas personalidades políticas, dirigentes y analistas, esto significa en los hechos, que el sostén jurídico del sistema neoliberal y luego, el propio neoliberalismo, comenzarán a ser desmantelados por una sociedad que aspira a una auténtica libertad, justicia, igualdad y dignidad y no los sucedáneos que éste ofrece y siempre ha ofrecido.

La velocidad con la que esto vaya a ocurrir, dependerá de varios factores. El primero de ellos ciertamente, es el ritmo de la debacle derechista. Afortunadamente, junto a la agonía de su propia creación, la ruina del sector es alimentada por sus propias contradicciones y su incapacidad para presentar una alternativa. El candidato Sichel es el mejor ejemplo de esto, presa de sus contradicciones individuales, su ambición y falta de ideas, no hilvana dos frases con sentido sin caer en los galimatías más abstrusos y todo el staff de jóvenes intelectuales encargados de su «relato» -ciertamente más sofisticado y lírico que el de los economistas de Chicago- quienes se quedan siempre en puros prolegómenos y apostasía de su pasado pinochetista y la insensibilidad de la tecnocracia monetarista.

En este sentido, después del debate quedó meridianamente claro que Kast si bien no es una amenaza para el progresismo en la elección de noviembre, sí lo es para el pobre Sichel y su coalición que se dispersa y desaparece en medio de la letanía de fórmulas y frases que no contienen ni un solo concepto que de cuenta del país real. Sólo exposición de restos de antigua opulencia. Surge en medio de este páramo que es la derecha tradicional, un protofascismo que enarbola el sentido común como bandera y que se expresa en la xenofobia, el arribismo  y una crítica cañahueca de la política y los políticos sin ningún contenido racional.

Un segundo factor es la unidad de la izquierda que ha avanzado en los últimos dos años, mucho más de lo que lo hiciera en los treinta años anteriores. Es una  buena noticia aunque considerando el tamaño de las tareas que implica la coyuntura histórica, sea tal vez un poco tardía. La candidatura presidencial de Apruebo Dignidad, la lista parlamentaria y a Consejeros Regionales, así como antes lo fuera a alcaldes y Gobernadores Regionales son excelentes noticias para el pueblo aunque todavía demasiado «virtuales».

En efecto, si bien el triunfo del FA en las primarias de Apruebo Dignidad se pueda explicar en parte -precisamente-  por el predominio de las redes sociales y el ciberespacio como escenario privilegiado de la lucha política por ahora, la sociedad real es mucho más compleja que lo que reflejan twiter y whatsapp. Los intercambios reales se viven millones de veces más intensamente en la locomoción colectiva, las ferias libres, los consultorios, los barrios y lugares de trabajo y se expresan de manera distorsionada en él aunque se confundan luego en una suerte de caleidoscopio ideológico.

Reducir esa distancia y otorgar identidad a esa imagen expresada en el espacio virtual es precisamente la manera de consolidar la unidad de la izquierda. No necesariamente a través de una definición esencial de lo que es ser de izquierda sino por medio de la recuperación de su historia en relación con las tareas actuales de la sociedad. El reconocimiento de que siempre ha sido plural, diversa, contradictoria y de que siempre ha sido en la propia vida social y en la lucha de los oprimidos, donde ha encontrado la manara de sintetizar esa identidad. No se trata de inventar la rueda.

El ejemplo de todas las experiencias recientes de la izquierda en todo el mundo es precisamente ese. Lograr la articulación de movimiento social y de masas, política y programa.

No es suficiente una candidatura presidencial única, una lista parlamentaria y una coalición. Es la encarnación de los valores de una nueva sociedad, de un nuevo Estado, lo que finalmente expresa la izquierda, lo que significa tener vocación de poder y su razón de ser. Y no es maximalismo sostenerlo. Es cosa de apreciar, con un mínimo de objetividad lo que hoy en día se discute en la Convención Constitucional y respecto de lo cual ni la derecha ni la Concertación tienen respuestas. No es una lista de medidas a tomar en nuestro próximo gobierno sino una idea de la nueva sociedad que está naciendo y que va a surgir de este proceso, de lo que hay que hacerse cargo.

Por supuesto que semejante propósito no va a ser impulsado ni sostenido sólo por un gobierno ni por una coalición ni podría serlo. Es el pueblo quien deberá ser protagonista de los cambios que el país experimenta y experimentará en el futuro. Probablemente, el gran error de la Nueva Mayoría fue no haber impulsado con más decisión la movilización de los millones que votaron por su programa, aun cuando no fuera más que «un par de escobazos», como dijo entonces el Presidente del Partido Comunista, Guillermo Teillier, tratando de poner un poco de realismo tras las desafortunadas y fanfarronas declaraciones del presidente del PPD.

La velocidad, profundidad y sustentabilidad de los cambios que experimenta el país dependen en gran medida, pues, de la movilización popular en el transcurso del gobierno de Apruebo Dignidad. Especialmente de los trabajadores y del movimiento sindical. De hecho, se pueden apreciar ya las contradicciones entre los objetivos de reactivación económica -que por cierto también será un reto del próximo gobierno- y los derechos de trabajadores y trabajadoras.

En lo inmediato, y considerando lo imprevisible que resulta la evolución de la pandemia de coronavirus en la actualidad, el derecho a la salud y la vida, la seguridad puestas en riesgo por la política chapucera y voluntarista del gobierno de Piñera y París. La prédica pontificadora de los economistas neoliberales alertando un sobrecalentamiento de la economía y aumento de la inflación, alertan claramente quién va a pagar la cuenta llegada la hora de recuperarla, como históricamente ha sido. El sindicalismo va a jugar, entonces, un papel fundamental en este sentido considerando además que en Chile, el oasis de Piñera, todo se paga, con dinero contante y sonante, o en cuotas usureras que han terminado por reventar el poder adquisitivo de los trabajadores y trabajadoras.

Finalmente, un nuevo entendimiento del progresismo también será un factor determinante en la velocidad y sustentabilidad de las reformas pos neoliberales. Un acuerdo entre el centro político y la izquierda sobre nuevas bases es posible, tal como lo fue a mediados del siglo XX , y que fue el que permitió la expansión de la democracia, la educación y la salud públicas, la nacionalización del cobre y la reforma agraria. Precisamente la razón de la contrarrevolución de 1973 y de la que recién el país comienza a salir. Serán otras tareas seguramente. La restitución del trabajo y los trabajadores en un lugar de preeminencia en la economía y la política; la emergencia climática; la explotación y producción de una tecnología basada en el litio; el manejo con sentido nacional, humano y sustentable del agua; la inclusión de una sociedad mucho más compleja y diversa, partiendo por los pueblos originarios, la descentralización, etc.

La tarea es compleja; la profundidad de la desigualdad, las privatizaciones y la exclusión hacen que las medidas sean enormes. Es un proceso irreversible pero su velocidad, profundidad y sustentabilidad dependen no solamente de la inercia del movimiento social e histórico, sino de la inteligencia práctica de la izquierda.

 

Hernán González.

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