Opinión

¡A cumplir!. Por Hernán González

León Trotsky en su monumental Historia de la Revolución Rusa, plantea que una de las características de toda auténtica revolución, es la constitución de un poder dual. Uno representativo del orden que se desmorona, que desaparece barrido por la marea social de los insurrectos, quienes habían estado entre los dominados hasta entonces, y el poder que representa la nueva sociedad que está por nacer y que surge de las entrañas de ese pueblo excluido. Una versión en cámara lenta, es lo que hemos presenciado con la instalación de la Convención Constitucional. Efectivamente, el Gobierno de Sebastián Piñera sucumbe lánguidamente ante su inoperancia e intrascendencia, mientras el Parlamento parece el escenario de la cuenta regresiva para la generación entera de dirigentes políticos que protagonizaron la transición, haciendo de sus discusiones la búsqueda imposible a los grandes temas de la República en los marcos de la actual Constitución, hasta que ellos sean resueltos por la Convención. En resumidas cuentas, la iniciativa política la tiene la Convención. Despertando el escándalo y la incomodidad siútica de la derecha chilena, hemos visto el último mes a un grupo de jóvenes, hombres y mujeres, representantes de pueblos indígenas, también de partidos de izquierda, sesionar en el ex Congreso en medio del bochinche y contraviniendo toda la acartonada solemnidad de la democracia de los consensos, para tratar los temas acuciantes de la República. Los “poderes fácticos”, como se ha denominado al sector hegemónico de la transición, no tienen ya capacidad de detener este proceso, sólo obstaculizarlo. Por esa razón, usando toda su maquinaria propagandística, la derecha y el empresariado han tratado de hacer aparecer la Convención como un conventillo; una reunión freak de desadaptados que pretenden socavar las bases de la sacrosanta sociedad cristiana occidental o en el mejor de los casos, malgastar los recursos públicos. La derecha en lugar de aceptar su condición de minoría y actuar con decencia y espíritu republicano –que es al menos, de lo que presume hasta que pierde- ha sido la quinta columna que pretende desacreditar a la única institución legítima del sistema político urdiendo provocaciones rayanas en la ordinariez, como las protagonizadas por Teresa Marinovic, o interpretaciones ideologizadas a cargo de Marcela Cubillos, luego ampliamente difundidas por sus centros de estudio y su poderosa red de medios de comunicación. La reciente renuncia de Catalina Parot a la secretaría ejecutiva de la Convención, tal como antes lo hizo el efímero Encina, sólo dan cuenta de que incluso en eso la derecha y el gobierno son ineptos. Afortunadamente, excepto un solitario Fuad Chaín y un desapercibido Felipe Harboe, no hay muchos representantes de la elite concertacionista, que por lo demás se encontraba más a gusto en Casa Piedra que en asambleas sindicales, universitarias y menos aún en manifestaciones callejeras, que es precisamente donde se podría haber encontrado meses antes, a muchos de los que hoy en día forman parte de la Convención. El discurso de Elisa Loncón al sumir la presidencia -acompañada de la Machi Francisca Linconao, presa política mapuche hasta poco antes- es un discurso de Estado que describe en pocas palabras un sueño del tipo de país al que aspira la inmensa mayoría de la sociedad representada en la aplastante mayoría de la Convención y en la ridícula representación de la derecha, el empresariado y los que ilegítimamente se han adueñado de la tierra y el agua que nos pertenece a todos. A estas alturas, la única posibilidad que le queda a la derecha es, como decía Trotsky, apelar al poder que todavía le queda, que está en el Congreso. El gobierno es un espantapájaros, una sobra del festín de los neoliberales que ya no tiene nada que ofrecer de enjundioso. En efecto, el discurso de la derecha ha sido hasta ahora, la defensa de la legalidad, del acuerdo del 15 de noviembre, intentando, como era de suponer, contener a la Convención Constitucional, limitando sus atribuciones y poniendo en cuestión su legitimidad. Evidentemente, es imposible que impida su funcionamiento y el resultado que seguramente ni en sus peores delirios, temió Jaime Guzmán, una nueva Constitución democrática surgida de una auténtica deliberación de la sociedad, de todas las naciones y culturas que la componen, de las clases y movimientos sociales que son parte del pueblo. El problema del reglamento sigue siendo importante, pese a que la derecha haya perdido el poder de veto pues ni siquiera alcanzó el tercio. Y pese a que incluso pirquineando votos, esta posibilidad se vea cada vez más lejana, debe facilitar el acuerdo entre los convencionales del pueblo y facilitar –precisamente lo contrario de lo intenta la derecha- la redacción y posterior aprobación de la Nueva Constitución. Bajar el quórum de aprobación es una manera de hacerlo pero especialmente, establecer los plebiscitos intermedios como mecanismo de resolución de diferencias y cuestiones no resueltas en la Convención. Es además una manera de mantener el estado de alerta y movilización de la sociedad alrededor de la Convención. Las fuerzas políticas y sociales presentes en ella, se proyectan además como las que disputarán la dirección del Congreso en el futuro y la velocidad y el desenlace del proceso constituyente están íntimamente ligados, además, por el resultado de la elección presidencial de noviembre. Por esa razón las fuerzas transformadoras presentes en ella, finalmente, se tendrán que expresar también en el próximo Parlamento que se elegirá en noviembre. Urge entonces que todos los esfuerzos apunten precisamente a su unidad y la coordinación de sus esfuerzos en la Convención y fuera de ella. Diferencias de apreciación en cuestiones de funcionamiento; respecto de las relaciones con la derecha y la Concertación va a haber muchas probablemente. Pero la Convención se prolongará a pesar de la derecha y la oligarquía neoliberal y así debe propiciarlo la propia Convención facilitando y propiciando el debate de la sociedad civil. No será única y exclusivamente en los pasillos del ex congreso; en las comisiones; en las actuaciones de la mesa que la preside donde se manifieste el poder constituyente instalado gracias a la movilización popular desatada el 18 de octubre de 2019, catalizador de la gigantesca ola de descontento de los excluidos y excluidas; de los explotados y explotadas por el sistema neoliberal contenido en la Constitución de Pinochet y Jaime Guzmán. Chile está cambiando. La oligarquía resistirá; ya lo está demostrando incluso en el primer mes de funcionamiento de la Convención. Lo va a seguir haciendo después de noviembre y tal como fue en Venezuela, en Bolivia, en Ecuador, en Argentina y Brasil, no va a bajar los brazos hasta recuperar el poder. Por esa razón, los Desbordes, los Lavín, desaparecen de la escena dejando el protagonismo al fanatismo fundamentalista de JAK y su discurso facilón que apela a la emoción y el sentido común, cual Mussolini del cono sur. Es una batalla de largo aliento para la cual pueblo debe prepararse como dijo el presidente Allende en su último discurso. La tarea recién comienza ¡A cumplir!

 

Hernán González

Profesor de Arte

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